Tras la primera sacudida, asombro y alborozo, había exprimentado la inefable sensación de un cambio de piel. Estaba muy alterada, pero comprendía. Era adorable así, mezquino, encogido, la cara oculta. Yo le deseaba. Deseaba poseerle. Aquella era una sensación inaudita. Yo no soy, no puedo ser un hombre. Ni siquiera quiero ser un hombre. Mis pensamientos eran turbios, confusos, pero a pesar de todo comprendía, no podía dejar de comprender.
Luego, apenas un instante después de la metamorfosis, la acostumbrada sensación de estar portándome mal.
martes, 7 de octubre de 2008
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